X o Ante la butaca

Hace semanas que el abuelo murió, pero el perro sigue estirándose ante la butaca de su difunto amo. Por más que el resto de la familia intente atraerlo con halagos, pelotas o promesas de largos paseos por el parque, el perro siempre vuelve a su ubicación estratégica. La familia, conmovida al ver cuánto añora el pobre animal a su amo, acaba rindiéndose y dejándolo tranquilo. Es entonces cuando el perro puede disfrutar con calma de las caricias del fantasma del abuelo, a quien nadie más ve.

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_ X _ _ _ _ _ _ (verbo transitivo)

Y la palabra oculta es… Tenéis hasta el jueves para adivinarlo.

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H o Compañeros de banco

No le apetece tener compañía, pero de todas formas sonríe al caballero que se ha sentado junto a ella en el banco. Deduce, por la mochilita rosa que sostiene entre las manos, que ha ido al parque con su nieta. Quizás la criatura en cuestión sea esa niña de trenzas pelirrojas que juega con el nieto de la mujer. Al principio, el recién llegado respeta su silencio; contempla, como ella, a los niños. Pero, impulsado por esa conciencia de misión familiar compartida, no tarda en dirigirle la palabra. La mujer continúa callada. Se limita a escuchar cómo su vecino, cada vez más confiado, detalla sus achaques de salud. Cuando el hombre asegura sufrir un molesto dolor de cabeza, ella se lleva la mano a la frente para tratar de mitigarlo. Poco después busca en su bolsillo un pañuelo bordado con el que aliviar, en su propia nariz, la congestión nasal que preocupa al caballero. Todo se precipita cuando la mujer empieza a notar como suyo el terrible calambre en la pierna que acaba de describirle su compañero. Entonces llama a su nieto y, casi arrastrándolo de la mano, se aleja del banco sin apenas despedirse del hombre. Teme que el calambre no le permita llegar a casa para meterse en la cama a incubar su catarro.

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H _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ (adjetivo femenino)

Ñ o La pequeña incorregible

Está sentada en la punta de la silla. Su espalda, bien erguida, no roza el respaldo. Con una mano sostiene un libro abierto a la altura de sus ojos, de manera que puede mantener la barbilla alzada mientras lee. La otra mano, cerrada en un puño, descansa sobre su regazo. Esa postura y el silencio de la sala convierten su lectura en un acto solemne. De vez en cuando desvía la vista del libro para observar a las niñas. La mayor sigue concentrada en su escrito. La pequeña, sin embargo, ya no dibuja; su atención ha escapado por la ventana. Al verla, el rostro de la mujer se vuelve aún más severo. Aprieta los labios. Tamborilea sobre su regazo con dedos impacientes. Y acaba soltando su habitual retahíla de reproches hacia la pequeña incorregible. Pero la niña ha viajado tan lejos de la mansión alemana que ni siquiera la oye. Allí, en los prados suizos, sólo tiene oídos para su abuelo y los amigos que la hacen feliz.

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Este personaje aparece en una novela del siglo XIX de autora suiza.

_ _ Ñ _ _ _ _ _   _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _

J o Pedir un deseo

Aquella noche, el niño cayó rendido a la tercera página. Al abuelo le hubiera gustado seguir leyendo para descubrir cómo terminaba el capítulo, pero hacerlo sin su compañero de lecturas hubiera sido una traición en toda regla. Así que dejó el libro sobre la mesita, besó a su nieto en la frente y apagó la luz. A oscuras, el anciano se acercó a la ventana para observar las estrellas. “La segunda a la derecha”, recordó. “Después, recto hasta el amanecer”. Cerró los ojos e intentó imaginárselo. Él volando hasta aquel país fantástico donde la edad no importaba. Él viviendo aventuras junto a hadas, sirenas y niños perdidos. Él volviendo a ser un crío, sin más preocupación que enfrentarse a un grupo de piratas. Él sin temer el paso del tiempo nunca, nunca más.

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J _ _ _ _ (adverbio tiempo)

¿Qué palabra esconde este microrrelato?

I o El número cuatro

“No tema, señora. Ellos no pueden verla”, la tranquilizó el policía. La anciana se ajustó las gafas y se acercó al cristal. Entrecerró los ojos, como queriendo afinar la vista, y repasó a los sospechosos. Al número uno lo descartó al instante por ser demasiado bajo; bajísimo. La larga barba blanca del número dos tampoco encajaba en sus recuerdos. Dudó ante el aspecto fiero del número tres, pero en cuanto miró al número cuatro lo tuvo claro: esos ojos enormes, esos dientes afilados… La abuelita se estremeció. Tragó saliva y, sin decir nada, señaló al último personaje. La voz del policía sonó por megafonía en la sala contigua: “Número cuatro, un paso al frente”. El duende, el brujo y el trol respiraron con alivio. El lobo feroz resopló, fastidiado.

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I _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ (verbo transitivo)

La palabra entre líneas es…