X o Ante la butaca

Hace semanas que el abuelo murió, pero el perro sigue estirándose ante la butaca de su difunto amo. Por más que el resto de la familia intente atraerlo con halagos, pelotas o promesas de largos paseos por el parque, el perro siempre vuelve a su ubicación estratégica. La familia, conmovida al ver cuánto añora el pobre animal a su amo, acaba rindiéndose y dejándolo tranquilo. Es entonces cuando el perro puede disfrutar con calma de las caricias del fantasma del abuelo, a quien nadie más ve.

*

_ X _ _ _ _ _ _ (verbo transitivo)

Y la palabra oculta es… Tenéis hasta el jueves para adivinarlo.

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7 pensamientos en “X o Ante la butaca

  1. El perro ladraba lastimero pero no conseguía detener las patadas que acababan con su vida. Maldita la hora en que había osado volver a ese jardín desolado, poblado de hierbajos, donde no había lugar para las flores y el cuidado. Allí vivía él, el amo que extrañaba, el mismo que antaño había acariciado su lomo y se empeñaba durante momentos interminables en lanzar lejos el palo que el perro se apresuraba a devolver. Era entonces tiempo en el que el jardín era un vergel, con sus miles de flores ocupando el lugar debido, compitiendo en esplendor con las que entorno se encontraban, todas protagonistas y todas coro y comparsa. El corto entendimiento del perro no alcanzaba a comprender qué había sucedido, que aunque ese pie enfundado en la dolorosa bota era el mismo de entonces, el impulso no podría provenir de él, ¿por qué? Fue entonces, al hacerse esa muda pregunta, que el perro comprendió que lo irracional en los humanos provenía del tormento que les provoca esa pregunta, ¡¿por qué?!, que él, pobre perro de corto entendimiento, sabía que es una pregunta que nunca debe plantearse.

  2. Menos mal, porque ya tenía el cuento. Me ha salido un poco más largo de lo habitual, pero quería meter extrañar, extraño y extrañeza:

    Todas estas calles son nuevas. Antes había una explanada, y un poco más allá un campo de trigo. Por aquí estaba el viejo pozo. Un zahorí le dijo al dueño que encontraría agua y cavó y cavó hasta que se le agotó la paciencia. Nunca encontró agua, y tapó el brocal con un par de tablas. Teníamos prohibido acercarnos, pero de niños nos encantaba tirar una piedra y esperar hasta que oíamos el golpe al chocar con el fondo. Donde está esa cafetería había un pajar, y un poco más allá, el bosque. Fue mi primer trabajo, con quince años. Apilaba la paja, ayudaba con la trilla. Era muy duro, acababa reventada, pero con lo que ganaba me compraba mis caprichos. Al caer la tarde paseaba por el bosque, recogía moras, y me tumbaba en el pajar para comerlas. Antes de ir a casa me lavaba en una bomba de agua, pero más de una vez mi madre me reñía por llevar la ropa manchada. La felicidad era un crepúsculo con sabor a frutas silvestres.
    Me dijo que no me asustara. Era un desconocido, no lo había visto nunca en el pueblo. Con una mano me sujetó los brazos y con la otra me arrancó las bragas. Grité, pero me dio una bofetada, rompí a llorar. Duró poco. Me dio la espalda mientras se abrochaba los pantalones. Al darse la vuelta le clavé la horca en la barriga. En sus ojos no había miedo, sólo sorpresa. Yo tampoco sé de dónde saqué el odio con que lo clavé en el suelo. La rabia que me dio fuerzas para arrastrarlo hasta el pozo.
    Ahora que todo ha cambiado, que ese paisaje ya no existe, me da la impresión de que nunca ocurrió. Que es sólo el recuerdo de una mala película de sábado por la tarde. Que podría entrar a tomar un café y pastel de moras y no sentir nada. Es extraño ¿No crees?

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