U o El pequeño científico

No hizo falta un recuento de votos. Al ver todas las manos alzadas, el pequeño Víctor comprendió que ninguno de sus compañeros defendería su permanencia en la pandilla. Los muy cobardes decían que su último experimento había ido demasiado lejos; algunos se quejaban de sentir todavía hormigueo en los dedos por culpa de la descarga eléctrica. El niño científico abandonó el refugio de la pandilla a regañadientes. “Algún día haré algo grande”, refunfuñaba. “Y ese día, como me llamo Frankenstein, se arrepentirán de haberme expulsado”.

*

U _ _ _ _ _ _ _ _ _ (sustantivo femenino)

Tenéis hasta el jueves para intentar descubrir la palabra que inspira el microrrelato.

8 pensamientos en “U o El pequeño científico

  1. Antonio, nacido en Violencia, era de natural violento además de violenciano. Todos en el pueblo querían evitar cruzarse en su camino, pero como el pueblo estaba a lo largo de una única carretera, no se podía. Así que tomaban todo tipo de precauciones. Por ejemplo, nadie llevaba reloj desde que le pidió hora al cartero y, como no le gustó el momento del día que indicaban las manecillas, le rompió las piernas. Las mujeres vestían burka aunque no eran musulmanas, pues aparecer guapa y sexy podría conllevar la expansión genotípica del ADN de Antonio, lo cual era a todas luces un asco. Tampoco dejaban a los niños jugar frente al portal de casa, porque no ganaban para balones apuñalados ni muñecas decapitadas. Es más, el comercio más abundante de Violencia no eran los locutorios, como es habitual, sino las farmacias con sus extensos surtidos de tiritas, yodo y vendas. Ante esta situación, el alcalde convocó en secreto a los vecinos, mediante un bando que leyó el pregonero de viva voz cuando Antonio dormía la siesta; menos mal que tenía el sueño profundo.

    —Tenemos que hacer algo con Antonio. La situación es insoportable. —dijo el alcalde.
    —¿Y si lo acorralamos entre todos, lo degollamos, despellejamos, descuartizamos y sus restos los esparcimos por el monte común? — propuso el cura.
    —Eso que propone es una aberración. Si lo esparcimos por el monte común dejará de serlo, será particular, particularmente sangriento. —repuso el alcalde.
    —¿Y si vamos a hablar con él y le explicamos pausadamente que la violencia sólo engendra más violencia, que la armonía universal debería de ser el objetivo de todo ser humano y que no hay nada que justifique la fuerza, jamás? —planteó el militar.
    —Eso lo intentó Mauricio, que en paz descanse. —comentó el alcalde.

    Tras varias horas de propuestas ninguna fue aprobada, pues no había valor suficiente para aplicar cualquiera de ellas. Cuando abandonaban apesadumbrados el edificio se había hecho ya de noche y el cielo estaba estrellado. Los vecinos miraban a lo alto desesperanzados cuando, por el firmamento, cruzó una estrella fugaz. Hubo tal unanimidad en el deseo que todos lanzaron en silencio que la estrella, de repente, detuvo su trayectoria y, girando noventa grados, fue a estrellarse directamente contra la casa de Antonio, que explotó de forma tan descomunal que no fueron capaces de encontrar ningún rastro de él, ni siquiera en el cercano monte común.

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