T o Venta a domicilio

La manzana, de un rojo radiante, parece brillar. También brillan los ojos de la entrañable ancianita que la sostiene: muestran una luz misteriosa, una viveza difícil de encontrar en alguien de su edad. La joven mira la fruta con deseo. Se muerde el labio, nerviosa. Alarga la mano para tocarla, pero su gesto se queda a medio camino. La anciana insiste. Aunque su voz suena cálida y seductora, la joven todavía se resiste. Duda. Sigue con la vista fija en la manzana, pero no tarda en apartarla. Sacude la cabeza en una rotunda negativa, da un paso atrás para volver a entrar en casa y cierra de un portazo.

*

T _ _ _ _ _ _ _ _ (sustantivo femenino)

¿Qué palabra se oculta en el microrrelato? Se aceptan propuestas hasta el jueves.

8 pensamientos en “T o Venta a domicilio

  1. Adicciones

    Huele el chuletón de su vecino de mesa y mira con pena los calamares que hay en su plato. La dieta. Cada vez que levantan la botella de vino tapa el vaso. Se ha bebido bodegas enteras pero ahora se limita al agua. Niega con la cabeza cuando le ofrecen un purito; de muy buena marca, además. La psicóloga tuvo el diagnóstico muy claro: personalidad adictiva. Se enganchaba con facilidad a cualquier vicio, y estaba destrozando su vida. Por suerte sus elevados honorarios reflejaban su calidad como profesional, y supo dar con el tratamiento efectivo. Cuando salgan de la cena irán a alguna discoteca de moda. Seguro que Ana aprovechará para tirarle los tejos -no parece importarle que esté casado- y Juan le insistirá toda la noche para que le acompañe al baño a meterse unos tiritos ‘de esos que tanto te gustan’. Sonríe. Apenas puede esperar a que llegue el momento de tener que resistir a tantas tentaciones.

  2. Sor Presa de Después fue monja precoz. A los ocho añitos le gustaba jugar a los arrebatos místicos y se dedicaba a crucificar los gatos de sus vecinos. En su colegio nadie la invitaba a jugar desde que convirtió un inofensivo juego en el mismísimo Misterio de la Santísima Trinidad en raya. Sus padres estaban ya hartos de pagar multas de tráfico, pues siempre les trocaba el agua en vino después de haberse bebido la botella entera de Font Vella. Así que a la bonita edad de 9 años fue apartada del mundo para que se dedicase a las visiones celestiales en un convento de clausura próximo a Cádiz. Y así pasó el tiempo hasta que, veinte años después, le permitieron salir del convento por primera vez: para la colecta anual debía de acompañar a Sor Pusitorio de Culín a un caserío vasco próximo, que siendo propiedad de un bilbaíno lo construyó donde quiso. El caserío era imponente y la entrada majestuosa. Alrededor, un parterre sembrado de fresas ofrecía un hermoso contraste con la fachada cargada de buganvillas. “¿Qué son esos frutos rojos de pequeño tamaño que asemejan el color que toma la verruga que Sor Dera de Tapia tiene en la punta de la nariz después de beber el vino consagrado?”, preguntó Sor Presa de Después. “Son fresas y las creó el diablo para manchar las blusas de las mujeres de buena vida”, respondió Sor Pusitorio de Culín. De poco sirvieron entonces los desvelos que durante veinte años había dedicado toda la comunidad para alejar de la tentación a su pupila precoz. Bastó sólo un momento de despiste de la acompañante para que Sor Presa de Después hincara el diente a una de las fresas más rojas y lozanas. Al momento comenzó a retorcerse de dolor y tirada en el suelo sufrió una metamorfosis propia de la imaginación de Ovidio: se convirtió en un fiero león del tamaño de una fresa. Sor Presa de Después miró entonces para arriba y vio a Sor Pusitorio de Culín desde una perspectiva escalofriante, por debajo de los hábitos el espectáculo era aterrador. Despavorido (recuérdese que mutó en león macho pues, supongo que ya puestos a cambiar, mejor prescindir de su feminidad cohibida) comenzó a correr hacia el interior de la casa. En su carrera descontrolada fue a parar a la puerta de la despensa que, por estar sólo entornada, cedió al ímpetu leonino. Trastabilló y, desde el primer peldaño, bajo a vueltas todas las escaleras. La mala fortuna quiso que fuese a caer dentro de una botella de jerez que el bilbaíno había dejado al lado de la pared después de dar buena cuenta de su contenido. En su interior, Sor Presa de Después, hizo repaso de su vida y la encontró vacía, tanto como la botella que la aprisionaba.

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