P o Un silencio elocuente

Aquel silencio lo dijo todo. La reina comprendió que ya no importaba cómo respondiera a su pregunta el curioso espejo mágico que acababan de regalarle. Por muchas explicaciones que le diera, nada sería tan elocuente como su titubeo inicial. Cerró los ojos, repentinamente cansada, y lo vio claro. Entendió, por fin, cuánta mentira encerraban las verdades de sus cortesanos. Entonces se preguntó de qué le servía rodearse de aduladores si se sentía tan sola. Para qué quería tantas riquezas si no le hacían sentir menos pobre. Así que se levantó del trono con la cabeza bien alta, aunque no pudo disimular una sonrisa triste. Con gran dignidad, se tomó todo el tiempo del mundo para huir cuanto antes del salón real.

*

P _ _ _ _ _ _ _ (sustantivo femenino)

¿Cuál es la palabra entre líneas? Tenéis hasta el jueves para adivinarla.

6 pensamientos en “P o Un silencio elocuente

  1. ¡Viernes de respuestas! La palabra entre líneas era paradoja. No hay aciertos, no hay puntos… Pero todavía podéis aportar vuestros microcuentos. ¿Se anima alguien?

    • La rana metió en un hatillo de helecho sus pocas pertenencias y de un salto abandonó la charca. Ante ella se extendía el inmenso erial que rodeaba aquel eximio afloramiento de agua, paraíso líquido, cuna y sepultura de sus ancestros, hogar de los allegados. Matojos secos y rastrojos crujían cuando el viento soplaba a su través, no había vuelta atrás, la decisión había sido tomada y el primer salto ya había sido dado, las consecuencias sólo podían ser inevitables a partir de aquel momento. Durante el día se agazapaba en la sombra de alguna piedra, no hubiera resistido los hirientes rayos que a otros colman de alegría. Avanzaba de noche cuando todos los gatos son pardos y no pocos los peligros para una rana del páramo, pero ella avanzaba con la fuerza de sus ancas, seguía recto, hacia donde la noche siempre parecía más oscura, hasta que los primeros rayos del sol aparecían invariablemente tocando a retreta. Pasaron varias noches con sus días, sombras que proyectaban cuerpos aunque todos opinen lo contrario. La rana continuaba infatigable, salto a salto avanzaba, poco cada vez pero suficiente para dejar atrás la tortuga de Zenón inmovilizada desde tiempos inmemoriales en su paradoja. Llegó el alba del séptimo día, quizás un número especial para la cábala pero que para una rana lo único extraño que se le podía achacar es que terminase en timo. En uno de sus saltos la rana cayó en terreno húmedo, otro salto más y aún había más humedad, un tercer salto y era agua lo que la recibió; el agua no juzga, sólo moja. Había llegado a dónde nadie la esperaba para encontrarse a sí misma.

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