Q o No hay dolor

Tras años de preparación física y meditación con los mejores maestros, podía presumir de saber llevar su resistencia hasta límites insospechados. Acostarse sobre una cama de clavos le incomodaba tan poco como dormir sobre un colchón de plumas de ganso. Caminar sobre brasas le resultaba tan reconfortante como calzarse unos calcetines gordos cuando el invierno hiela los pies. Tragar un cristal troceado le acariciaba la garganta con la misma suavidad que un granizado de limón para calmar la sed veraniega. Desde que comprendió que el dolor era una simple trampa de su mente, había logrado dominarlo de tal manera que ahora incluso lo encontraba placentero. En el circo, todos admiraban su valentía, desde la ayudante del mago al director de pista. El público se rendía ante él cada tarde y premiaba sus actuaciones con ovaciones interminables. Pero aquella situación era nueva para él. Ninguno de sus maestros le había advertido del dolor que sentiría su corazón quebrado al descubrir que la trapecista le engañaba con el payaso llorón.

*

_ _ Q _ _ _  (sustantivo masculino)

6 pensamientos en “Q o No hay dolor

  1. Había alcanzado la excelencia, el culmen de su arte. Podía empezar con un primer plato de botellas y bombillas machacadas, seguir con revuelto de tornillos, clavos y hojalata para acabar, de postre, con cáscaras de almendras y cacahuetes. Todo ello regado con un litro de lejía. Era el más envidiado del basurero.

  2. En el libro que acabo de leer encuentro este cuento:

    EXTRAÑO ESPECTÁCULO

    En París, ese lugar donde nunca supe lo que es aburrirse, asistí una noche de julio a un espectáculo gurdo. Fue en el Barrio Latino, en la place de Saint-Michel, junto a las mesas de un café. Allí, un hombre que decidió ejercer de faquir, orientado por las cervezas que había bebido y buscando lo inexplicable, rompió un botellín de vidrio en el suelo, extendió los cristales y, sin camisa, se tumbó colocando su espalda encima de ellos. No pasó nada. Nadie aplaudió. Y no hubo sangre ni engaños. El faquir continuó bebiendo. Llevaba el desamparo en el rostro. Llevaba un pantalón manchado de barro. Llevaba como cinturón una cuerda de esas que llaman pita. Aquel hombre no era un ilusionista y en ningún momento lo vi sonreír.
    El alcohol extingue los miedos. O los aumenta. Convierte a algunos en matón, en confidente, en sombra, en botarate, en azúcar, en rompecristales o en cliente de puticlú. Pero nunca supe de nadie que se transformara en faquir.
    En París, muchos han sido lo que nunca imaginaron. Yo vi a un faquir que no lo era y al que nadie aplaudió su atrevimiento ni su locura, un faquir que producía indiferencia, rechazo, algo que no sucede con los verdaderos faquires.

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