M o Una deuda pendiente

Apartar la cortina sutilmente y espiar por la ventana se ha convertido en mi primera rutina del día. Y cada vez que lo hago lo encuentro allí, apostado al otro lado de la calle. Impasible. Esperando a que yo aparezca. Ni siquiera trata de esconderse; de hecho, esa es precisamente su estrategia: evidenciar su presencia constante e inevitable para minar mi voluntad. Mientras me visto con la ropa más gris que encuentro en mi armario, debo admitir que lo está consiguiendo. Y no es porque me recuerde lo que debía haber hecho y no hice: esa deuda pendiente pesaba en mi conciencia por sí sola antes de que él apareciera. No sé cómo hacerle entender que la saldaría si pudiera, pero él no me lo pone fácil. Su empeño en seguirme a todas partes con ese insultante disfraz de colores estridentes me impide realizar mi trabajo. Un detective privado debe ser discreto. No puedo espiar al marido infiel de mi clienta con una gallina gigante irremediablemente pegada a mis talones.

*

M _ _ _ _ _ (sustantivo masculino)

4 pensamientos en “M o Una deuda pendiente

  1. Sus ojos se detuvieron en el cartel de la sala de espera: ‘No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague’. Mentira. Al menos en estos tiempos. Las mujeres que le prometieron su primogénito se cuidaron de usar métodos anticonceptivos eficaces. Los banqueros, a la hora de la verdad, resultó que no tenían almas. Eso sin hablar del desastre de las preferentes. Ahora tenía que presentarse ante Azazel con las manos vacías. Su antiguo ayudante había sabido adaptarse a los nuevos tiempos, apostó por las tecnológicas en el momento justo y con Steve Jobs hizo un negocio inmenso; no sólo se lo llevó muy pronto, sino que consiguió una opción sobre millones de fanboys de Apple. Él era de la vieja escuela, no entendía los tiempos modernos. Entró en el despacho con la cabeza baja, sin saber qué era lo que le avergonzaba más, si su fracaso o tener que rendir cuentar ante su antiguo subordinado. ‘Mefistófeles, amigo mío, tengo malas noticias para ti. Tus cifras son pésimas, no has recaudado nada y has gastado muchos recursos del infierno. Me temo que estás en números rojos’. Intentó balbucir una excusa, que Azazel cortó con un gesto de la mano. ‘Los números no mienten; tu deuda se ha incrementado un 150% desde la última auditoría y con tu productividad no creemos que puedas llegar nunca a saldarla… hemos tenido que tomar medidas drásticas. Vas a ser vendido.’ Apenas cien años atrás hubiera salido fuego de sus ojos y le hubiera arrancado el corazón con sus garras, pero ahora apenas pudo musitar un ¿Cómo? ‘Son nuevos tiempos, los inversores nos piden resultados, y hay un consorcio con participación del vaticano que ofrece un buen precio por ti. Me temo que la decisión está tomada’. Mientras dos enormes demonios lo arrastraban a través de la sala de espera volvió a mirar el cartel: ‘No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague’. Glup.

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