I o Abrir los ojos

En otras circunstancias, ser objeto de interés de tres mujeres a la vez podría haberme hecho sentir halagado. Pero entonces yo tenía siete años, aquellas tres mujeres eran mis tías y sus miradas estaban cargadas de reproche. No las culpo: reconozco que aquel garabato negro trazado con prisas bajo mi nariz lucía bastante ridículo. Mis tías preguntaban, a tres voces, qué estúpida inspiración me había llevado a pintarme un bigote con rotulador permanente. Yo no respondía. Prefería aguantar su etiqueta de sobrino idiota que confesarles que Ana me había gastado una broma. No podía explicarles que, durante unos instantes, había creído flotar porque mi mejor amiga me había prometido un beso si cerraba los ojos. Que los había cerrado pero, en vez de notar sus labios rozando mi mejilla, había sentido un cosquilleo frío bajo la nariz. Que, al abrir los ojos, me había topado con la sonrisa maliciosa de Ana y las caras burlonas de los demás niños. Mientras las tres mujeres discutían la mejor fórmula casera para acabar con aquella marca sin arrancarme la piel, yo sólo podía pensar en Ana. No me preocupaba el bigote; sabía que mis tías darían con el remedio para eliminarlo. Pero la traición de mi amiga no se borraría por mucho que el tiempo frotara mi alma.

*

I _ _ _ _ _ _ _ _ (adjetivo)

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